Cuando te permites decir de ti misma: “Yo no soy una coleccionista. Yo soy un museo” es porque tienes una personalidad que muchos amarán, que otros odiarán, pero que a nadie dejará indiferente.

Su tío-abuelo Solomon había fundado el MoMA de Nueva York; su padre Benjamin murió en el Titanic, llevando en su equipaje un boceto de Las Señoritas de Avignon en cuya compañía se fue al fondo del mar.

Asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read invirtió su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia. A comienzos de la II Guerra Mundial se propuso comprar un cuadro cada día y adquirió piezas de Picasso, Braque, Matisse o Miró a precios de risa. Con 40.000 dólares formó la mejor colección de arte moderno del mundo.

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Fue coleccionista y mecenas de arte, tuvo tantos amantes que ni ella recordaba el número, Cuando a Peggy Guggenheim le preguntaban cuántos maridos había tenido, contestaba: “¿Míos o de las otras?”. Pero sin duda no hemos venido aquí a hablar de su vida sexual y que desde mi opinión no debería ser algo llamativo, ya que siendo una mujer guapa, culta y con dinero, ¿por qué no coleccionar amantes igual que haría cualquier otro hombre de la época o de ahora?

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Peggy fue una mujer que supo ver más allá en artistas que hasta entonces no eran nadie, supo captar la esencia del arte que vendría y que llegó, fundadora de la galería y de la colección que dieron entidad al arte del S. XX. Perfil humano y profesional que podrás descubrir en esta biografía escrita por Francine Prose, una de las escritoras e investigadoras más prestigiosas de nuestra época.

Puedes adquirir su biografía editada por la editorial Turner en nuestro espacio i y si eres de los que ya han visto su documental, no dudes en dejarnos un comentario.

 

 

 

 

 

 

Texto por Araceli Martín Chicano